TEORÍA DE CATÁSTROFES Octubre 13, 2007
INTRO
Este blog no se actualiza.
Has crecido en el supermercado
Has crecido con Coca-cola
Sin problemas
Al borde (Ilegales)
Me dijeron que aunque me recuperase siempre iba a ser un enfermo, pero oír eso a los 76 años tampoco es como para echarse las manos a la cabeza. A mí lo que me extrañó fue el empeño que ponían todos en aumentar mi longevidad. Creo que la mayoría simplemente se sentiría responsable si de nuevo mi corazón fallara. Es curioso pensar que mi muerte puede significar un fracaso para otros, cuando lo único en lo que he podido pensar últimamente es que mi vida está siendo un fracaso total para mí.
Mi mujer no sabe nada de esto porque, tras 50 años de matrimonio, apenas se me ocurre que tengamos algo que contarnos, pero lo intuye, por supuesto, es la telepatía de la convivencia y me da un montón de números para mi consuelo: número de hijas, número de nietos, número de monedas, número de años trabajados, número de años convividos y yo sin embargo me doy cuenta de que lo único que me interesa está en el 2×4 y en el instante. Comprendo que a los 20, a los 30 ó a los 40 la perspectiva de una vida que dure hasta los 80 ó más allá abrume en cierto modo, hay que hacer planes para llenar tanto tiempo. Me refiero a que es normal buscar algo que te haga pensar en el futuro con interés, por eso se estudian carreras largas, se busca progresar profesionalmente, se traen vidas nuevas para observarlas desarrollarse en el tiempo, se crean colecciones, pasatiempos, deportes y aficiones en las que prosperar. De otra manera sólo te queda ver cómo envejeces en una rutina idéntica a la de todos los semejantes con los que tratas y en la que los cambios sólo pueden venir de mano de las desgracias o las enfermedades. Pero ya nada de eso es para mí, he pasado toda mi vida pensando en otros, siempre consecuente y responsable, y ahora me he hartado de contar.
Todo lo que he hecho hasta el momento ha sido esquivar cualquier cosa que pudiera desmoronar el proyecto que construía: otras mujeres, la improvisación, el alcohol y el tabaco, la austeridad económica, la soledad y toda esa cosa de no tener nada que perder que otros llaman libertad. Pero yo no soy idiota, no, yo no echo de menos haber sido así, sé que en realidad yo no quería acabar solo y borracho, con un cáncer de pulmón y probablemente loco. Si la vida hubiese sido más corta tal vez, pero yo elegí vivir mucho, a mí me gustaba comer bien, hacer el amor, conocer la ciencia y la filosofía de la vida, leer a los grandes y reírme con los amigos, cuando los hubiera. Así que no, en realidad no me arrepiento, pero basta.
En cierto modo lo que me apetece no es tan raro ni tan peligroso, ni siquiera para mí, porque no son las mujeres ni las drogas ni la vida salvaje de ningún tipo. Lo que realmente siento que echaré de menos cuando esté a punto de morir, no es algo que pueda imaginar o que me hayan contado mil veces. Lo que quiero experimentar realmente con mis propias entrañas, es tocar la batería. La idea de morir en un nuevo infarto embargado por la emoción de golpear un instrumento rítmicamente, se me hace ahora mismo, como el mejor de todos los finales posibles. Y es que, siempre me ha atraído tocar la batería, desde chaval, recuerdo que una vez un amigo que tenía una me dejó probar, no conseguí arreglármelas con el pedal del bombo, pero pude llevar muy bien el ritmo de la caja y los timbales, de hecho mi colega me felicitó: “no es la primera vez que tocas ¿no?”. Lo recuerdo como el momento más feliz de mi vida, les parecerá que exagero, por lo de estar casado y haber tenido tres hijas, pero si les digo la verdad, la sensación de coordinar todo mi cuerpo para hacer un ritmo que expresara mi estado de ánimo y hacerlo bien, de manera natural, fue algo tan íntimo, tan mío con el mundo, fue algo casi místico, aunque supongo que no me creerán. El caso es que nunca volví a tocar la batería, porque nunca pude tener una, no solo eran caras para alguien de una familia humilde como yo, sino que había que tener un sitio para ponerlas y además había que pensar en los demás: mis padres me la habrían tirado por la ventana, mi mujer lo mismo, sobre todo al principio, y luego qué más daría si no iba a tener tiempo. Por eso ahora estoy tan convencido de que me voy a comprar una. Todavía no le he dicho nada a mi mujer porque en realidad la cosa, de nuevo, tiene algo de proyecto y antes de comprarla tengo que hacerle un sitio en la casa, un lugar que pienso insonorizar con ayuda de mi amigo Antonio. Cuando ya lo tenga todo dispuesto, se lo diré a mi mujer, y esta se lo dirá a mis hijas y ellas a los suyos… yo la verdad es que cuanto menos lo explique, mejor.
De hecho, de las pocas ganas que tengo de hablar del tema, he decidido comprarla por internet, la idea de entrar en una de esas tiendas de instrumentos llevadas por roqueros virtuosos sin talento me revuelve las tripas hasta el punto de prácticamente hacerme abandonar la compra. No, cuanto menos explique mejor, yo solo quiero verme sentado ante mi batería y tocar hasta reventar, sin que nadie me venga a decir que es una locura o que no sé hacerlo o qué se yo.
Pero para ser del todo sincero, he de decir que mientras no me hago con la batería (la cosa puede llevar cierto tiempo porque precisamente mi amigo Antonio está de vacaciones ahora y yo no tengo ni idea de cómo llevar a cabo una obra de esa envergadura) intento matar las ganas practicando una suerte de air drum, es decir, una simulación silenciosa que hago mientras escucho discos a solas. Aunque otras veces, durante los 20 ó 30 minutos en que mi mujer sale cada día, porque va a la compra o a casa de alguna amiga, marco los golpes sobre algunos libros, pero los insonorizo con cojines, sólo faltaba que los vecinos vinieran a quejarse del ruido, sólo faltaba que a ellos también tuviera que darles explicaciones.
Te tocas el pelo y pienso en las ideas que ocupan tu cabeza, imagino los trozos de palabras, los sonidos, las imágenes, las estructuras de las historias, los esquemas que construyes y los que te vienen construidos… pienso en las historias de amor que te han contado.
A la vez me fijo en que el pelo que mueves ahora es exactamente igual que cualquier otro que cubriera tu cabeza el año pasado, pero no es el mismo. Tampoco lo son tus uñas, ni tu piel, y aún así te reconozco.
Si pudiera decirte algo ahora mismo, tendría que saber llegar a alguna parte de tu cabeza en la que nunca hubiese estado antes. Preferiría que fuese una parte en la que nadie hubiese estado.
Supongo que solo quiero multiplicar mis posibilidades de existir, pero sigo teniendo la competencia de las luces, el café y la música.
A segunda hora hemos hecho volteretas en Educación Física y mi chándal se ha roto justo por la entrepierna. Todos han reído como hienas, primero los triunfadores, luego todo el mundo y los más pardillos todavía se deben de estar riendo ahora.El profesor les ha mirado con cara de eso-no-se-hace mientras me gritaba que saliera cuanto antes de la colchoneta. Inmediatamente he ido a los vestuarios y me he quedado allí llorando hasta que ha sonado el timbre. Me imaginaba qué caras pondrían si al finalizar la clase entraran en las duchas y me encontraran desangrada en el suelo o ahorcada por la cuerda de saltar a la comba.
Luego hemos tenido Matemáticas. He tenido que salir a la pizarra a resolver una ecuación y todos se han fijado en que me había atado la sudadera a la cintura para tapar el agujero de los pantalones. Se reían mientras discutían el color de mis bragas, al final ganó el que decía que eran color mierda.
Después sonó el timbre y pudimos irnos al recreo. Pero, en el patio, Isabel no se acercó a mí ni para pedirme el dinero que le debía. La verdad es que no la he echado de menos porque es una auténtica tarada egoísta y aburrida que sólo sabe hablar de lo mal que la tratan sus padres y lo bien que éstos tratan a su hermano y es tan estúpida que escucha grupos como Divina o Monster Kids. Así que, para no estar sola, vagando por el patio, he ido a la biblioteca y he mirado durante 15 minutos un atlas marino que tiene muchos corales de colores, arrecifes y peces increíbles.
Luego, cuando ya no había nadie en el pasillo, he subido otra vez a clase. Allí en la puerta, estaban algunos de mis compañeros y compañeras berreando y empujándose. Cuando he pasado yo, han aprovechado para subirme la sudadera gritando que les ensañara el roto de mi pantalón y el color de mis bragas. No han parado hasta que ha llegado el de Lengua y les ha obligado a entrar en el aula. Pero una vez dentro, se han pasado los primeros diez minutos tirándome trozos de papel ensalibado que lanzaban con sus bolis-cerbatana. Yo no le he dicho nada al profesor, ni les he respondido, ni me he quejado, ni siquiera he intentado apartarme. Simplemente, he decidido que no voy a darles la satisfacción de suicidarme, porque sé que un día haré algo completamente increíble que envidiaran todos y hará que se arrepientan de haberme tratado así. Algo con lo que me vengaré de cada uno de ellos, porque no pienso olvidar ni un solo momento de humillación y de rechazo, sólo para hacer que, algún día, ellos lo revivan mil veces.
De modo que me he pasado la hora imaginando películas sobre mi vida en las que todos mis compañeros eran ridiculizados. Los personajes llevarían sus auténticos nombres y apellidos para que todo el mundo conociera lo capullos que habían sido conmigo. Y la verdad es que me lo he pasado bastante bien pensando en todo eso, y no me ha importado nada que el profesor me pusiera un cero por no saber por dónde iba ni que todos se rieran de mi despiste y de mi “cara de lela”.
De hecho, ahora que han terminado las clases, como cualquier otro día, me he acercado a comprar dos ladrillos de regaliz con pica-pica y cuatro colas-locas en el kiosco de enfrente, mi favorito. Y aunque ya llevo en la cola unos diez minutos, entre empujones, tirones de pelo y algún insulto de los que me conocen, nada de eso me echa atrás; necesito mi premio por haber sobrevivido a otro día de mierda en mi, por ahora, vida de mierda. Y ese premio es ver al dependiente del puesto de chucherías: Primero, un brazo, ahora el pelo, un par de empujones y luego los ojos, alguien se va, pisándome, y adelanto dos puestos, recibo algo que parece una sonrisa y pido, me lo da, le pago y, por fin: las yemas de sus dedos depositan las vueltas en la palma de mi mano y sus labios finos dicen su frase, suave, con acento extranjero: “aquí tienes”.
No, no voy a suicidarme, yo también puedo disfrutar un poco ahora, la vida también es para mí. Yo también existo.
Hoy se me ha vuelto a morir otra chinchilla. Intento hacerlo todo como dicen las leyes para estar preparado por si viene el inspector, pero de las cuatro veces que lo he intentado, sólo he tenido éxito una y en realidad fue porque hice trampas.
Siguiendo las reglas del manual “Cómo manipular pequeños mamíferos y reptiles”, la chinchilla debe estar en un sótano a 7 plantas de mi escritorio, encerrada en una jaula de 69 x 41 x 61 cm, cubierta por una lona anaranjada, dispuesta en el suelo o como máximo a una altura no superior a 5 cm de este. Cuando se abren las compuertas que dan paso al agua con el que se inunda la estancia de las chinchillas, yo recibo una señal luminosa y sonora en mi escritorio, entonces, sólo si ese día he terminado mi recuento a tiempo, puedo bajar a rescatarla. Muchas veces el problema no es tanto que aún no haya terminado mi trabajo, sino más bien lo que tardo en llegar hasta el sótano. Ya casi nunca uso el ascensor, porque me desesperaba verlo bajar desde el piso más alto, pero incluso usando las escaleras encuentro problemas, sobre todo con todas las jaulas oxidadas y vacías que se van almacenado allí.
Ya sé que puede parecer una tontería, pero me está afectando, hoy lo he notado cuando he tenido que hacer una cola de diez minutos para poder tirar mi chinchilla a la incineradora. He tenido que sostener durante todo ese tiempo aquel pequeño cuerpo peludo, frío ya, con los ojos fijos y las orejillas tiesas, pero sólo por unos segundos he sentido algo de pena, luego, todo lo que podía pensar era que, de nuevo, llegaría a casa a tiempo únicamente para cenar e irme a la cama.
MOTIVOS DE SOSPECHA
Envía cartas por correo que no llegan nunca; no consigue darse de baja de una compañía telefónica; en las cajas de los supermercados los empleados cuadran las cuentas cuando le llega su turno; va a la peluquería y le dejan como estaba; nadie le escucha; se le cuela todo el mundo; no ha sido felicitado por su cumpleaños; no logra abrir los botes de conserva; los amigos no le llaman cuando le prometen hacerlo; se le mueren todas las plantas, incluso los cactus; los perros no le huelen; los torniquetes detectores de los transportes públicos no aceptan sus tiques; nadie le liga, ni liga, nunca, ni vistiendo como las estrellas de Hollywood, ni blanqueándose los dientes, ni destilando hormonas sexuales por todos los poros, y en consecuencia, no folla; no le llegan los números de la revista a la que está suscrito; los encuestadores callejeros no le paran; vive en una gran ciudad y no le roban; sus conocidos no le devuelven el saludo; los coches no frenan cuando pasa por un paso de peatones; los que se cruzan con usted no apartan sus paraguas aunque siempre estén abiertos a la altura de sus ojos; nadie se disculpa cuando se los clavan, tampoco cuando le pisan ni cuando le empujan en el metro; todas estas agresiones son siempre accidentales y nadie le mira mal; ha enviado 300 currículos y nadie le llama; ha enviado sus escritos a 20 editores y nadie le responde; nunca ha ganado un concurso, nunca ha ganado la lotería, ni siquiera un bingo; si lo piensa, se da cuenta de que jamás está en el lugar en el que está y mucho menos en el que le gustaría estar; no recuerda haber cumplido los últimos 10, 20 ó incluso 30 años; sabe que nadie le echa de menos; muchas veces ha visto su reflejo en un escaparate y se ha encontrado a otra persona; tiene la sensación de que nada cambia y, sorprendentemente, ha dejado de aparecer en sus propios sueños.
PRUEBAS QUE LE CONFIRMARÁN SU EXISTENCIA:
En especial, durante la infancia: esconderse debajo de la cama a la hora de comer, permanecer en silencio y esperar hasta oír cómo le llaman. Analizar el tono de llamada.
Viajar y hacerse fotos en todos los lugares que se visitan. Mostrar a la vuelta esas fotos a los suyos para que estos constaten su presencia en esos lugares.
Firmar, dibujar o escribir en tantos muros que llegue a olvidar algunos de los lugares donde lo haya hecho Notará un ligero vuelco en el corazón cuando pase delante de ellos.
Lucir un coche descapotable, preferiblemente de color llamativo, llevando la música mucho más alta de lo que se considera soportable. Dar vueltas por la ciudad hasta que le multen.
Reproducirse: el parto en concreto suele ser una prueba fiable de que se está aquí.
Hacerse famoso hasta el punto de poder ser testigo de su vida desde la prensa.
Hacerse jefe de un estado y declarar guerras.
Enamorarse de alguien que le deje contarle todo lo que le ha pasado a lo largo del día. Examinar de vez en cuando a esta persona para comprobar que lo que le ha sucedido permanece en ella.
Hacerse con alguna mascota capaz de reconocerle.
Escribir.
Ponerse en peligro siempre que pueda.
Fotografiarse todos los días.
Hablar con alguien con quien se sienta cierta sintonía, preferiblemente sobre el sentido de la vida, la muerte, Dios y uno mismo.
A pesar de todo lo que está sucediendo, mis padres están muy tranquilos. Le he preguntado a mi padre por qué no nos vamos lejos, como está haciendo todo el mundo, y me ha contestado que no hay razón para irse a ningún sitio. Me ha sacado a la terraza para enseñarme tres o cuatro ventanas iluminadas a lo lejos, pero yo me he fijado en que no había un sólo movimiento en la calle. Mi padre ha dicho que era por el frío.
Un poco más tarde, antes de irme a la cama, me he atrevido a preguntarle por qué no tenemos refugio en el edificio o por qué no nos vamos a vivir a una casa que lo tenga y se ha reído estrepitosamente. Entonces ha entrado mi madre en el salón y delante de ella me ha preguntado que para qué íbamos a necesitar nosotros un refugio. Le he contestado que por las bombas.
- ¿Bombas? ¿Qué bombas? ¡Nadie está tirando bombas!
Y ha vuelto a reírse como un loco.
Mi madre no se ha reído, le ha mirado como queriendo regañarle y a mí me ha mandado a la cama.
Queridos lectores:
En primer lugar, quiero agradecerles que me hayan acompañado literalmente hasta el último momento. ¿Qué habría sido de mí sin ustedes? Probablemente me habría convertido en uno de esos locos que habla solo en los bancos de los parques o, peor, uno de esos profesores que aburre a sus alumnos con información que no les concierne. En segundo lugar, quiero agradecer a este periódico la confianza que ha depositado en mí comprometiéndose a publicar este artículo sin que nadie de la redacción lo haya leído previamente. Por último, lamentándolo mucho, tengo que pedirles disculpas a todos por lo que voy a decir a continuación.
Sé que la mayoría de ustedes me sigue a partir del libro que publiqué con el título de A pesar de las circunstancias, cuya tesis ha ayudado a un gran número de personas, sobre todo a mí, a ser mucho más feliz. Como algunos de ustedes ya suponían me basé en algunas filosofías orientales y varios libros de autoayuda para llegar a esta conclusión: “asumiré mi muerte cuando deje de centrarme en mi yo y acepte que sólo soy una ventana desde donde experimentar lo que realmente vive siempre: el mundo”. Todos sabemos que para alcanzar cierto equilibrio en la vida debemos empezar por aceptar el hecho de que moriremos, de otra manera sólo queda tener mucha fe o no pensar en la muerte jamás (por extraño que parezca hay mucha gente que puede hacerlo, culturas enteras). Mi teoría además, aseguraba que las personas vivían según lo que creyeran que les iba a pasar tras la muerte. Como ya saben, los que nunca piensan en que van a morir son los más peligrosos, personajes de los que les hablé, me temo, hasta el punto de llegar a aburrirles. Sin embargo, creo que no les hablé demasiado de aquellos que siguen la teoría de: “sólo soy una ventana desde donde experimentar lo que realmente vive siempre: el mundo; por tanto no importa demasiado que desaparezca y no he de lamentar mi muerte ya que, el mundo, con todo lo que amo, seguirá ahí cuando muera, etc.” Lo que les dije, claro, fue que esa filosofía les proporcionaría una tranquilidad suficiente como para disfrutar de la vida y admirar el mundo libremente sin el egocentrismo de otras filosofías e ideologías religiosas. Sin embargo…
¿Ustedes se han parado a pensar qué sucedería realmente si toda la civilización aplicase esa teoría a su vida diaria? Es bastante lógico, si menospreciamos la muerte (y no nos engañemos, dejar de temerla sólo conduce a restarle su valor), en realidad lo que menospreciamos es la vida. No tenemos que inventar un ser humano nuevo que piense de esa manera, desgraciadamente los tenemos a patadas, por ejemplo, cualquiera de esos que creen que abstracciones tales como la patria, la libertad, la venganza (otros dirían justicia) o Dios, enmiendan una muerte o un millón. Pero ¿qué hay de nuestra teoría? ¿Somos muy diferentes a esos que rechazamos abierta y soberbiamente? Créanme, si toda la humanidad aceptase mi tesis, no sería muy diferente. Piénsenlo, si aceptáramos que “la muerte forma parte de la vida” podríamos llegar, por ejemplo, a dejar de llorar a los muertos en los funerales, lo cual, no me digan, es aceptar la muerte ajena limpiamente y de ahí se podría pasar fácilmente a pensar: “disfrutaría mucho más del presente si mis progenitores fallecieran ahora mismo (a ver, sólo son un par de ventanas que llevan experimentando el mundo muchísimo tiempo y lo que aman, es decir, yo, vivirá mucho mejor si pudiese disfrutar de toda su pasta ahora y no cuando tenga veinte años más y deba gastármela en medicamentos…)” No piensen que exagero, créanme, les aseguro que durante los quince años en los que prediqué todo eso llegué a pensamientos semejantes, no me importa reconocerlo.
Sé que les estoy decepcionando y sé que piensan que soy un cobarde por esperar a estar muerto para decir esto. Pero ¿qué quieren? por un lado, no era nada elegante dar semejante giro a mis teorías, pero por otro, tal vez debieran saber que a las editoriales no les gusta publicar libros en los que se invita a continuar sufriendo y menos mi editorial (chicos, siento mucho las pérdida económica que va a suponer para vosotros todo esto, ahora que seguro que estabais pensando en reeditarlo todo, en fin, no era mi intención, en serio). También sé que muchos pensáis que ya puestos, mejor no decir nada, y morirme tal cual estaba, pero desde que supe lo de mi enfermedad, me repugnaba la idea de tener un funeral de esos en los que todo el mundo repite “fue un valiente que aceptó que le llegara la hora”. Miren, yo no soy un quejica, sé que no soy nadie especial y que me he muerto como se mueren los demás, pero de aceptarlo nada. Cada vez que me he quedado solo he llorado como un mocoso y cuando he intentado pensar, por última vez, en todo eso de que lo que verdaderamente amo va a continuar sin mí ha sido peor, mucho peor. Ya que estoy siendo absolutamente sincero, les diré que escribo esto ahora mismo porque quiero que todo el mundo llore a mares en mi funeral, porque mi muerte es un hecho terrible y todo lo que amo es todo lo que he experimentado desde esa puta ventana rota que fue mi cuerpo y ahora que me he apartado de ella, todo ha dejado de existir. Así que por favor, hoy, en el día de mi muerte, sufran; y si no les importa, tarden en recuperarse. (Si es que saben perdonarme, claro. Ah, y por favor, quemen mis libros y enmarquen este texto, gracias).
Mi vida es tan parecida a la de un anuncio que me sorprende no ser ni un poco feliz. Si utilizo la técnica de pensamiento positivo que me enseñó mi terapeuta sólo puedo extraer una compensación: yo tenía razón desde el principio.
1. Mirar
Se bajaron los pantalones y nos enseñaron el culo desde su edificio a 300 metros del nuestro. Mi amiga se escandalizó bastante, pero yo enseguida pensé que si la batalla iba por ese camino nosotras teníamos las de ganar, de modo que me levanté la camiseta y mostré lo que algún día llegarían a ser mis tetas. Recuerdo haber visto sólo por unos segundos la cara de absoluto desconcierto de los muchachos justo antes de que cayera sobre mí un collejón monumental. Mi amiga me sacaba dos años y pesaba por lo menos 15 kilos más que yo, así que ese día aprendí mucho y muy rápido.
2. Tocar
La chica no valía gran cosa, eso lo sabía todo el mundo, tampoco caía simpática, pero todos los recreos los chicos de la clase hacían corro para tocarle el culo. Tenían una forma de tocarle el culo que me hacía pensar en nadadores rozando el borde de la piscina para no ser descalificados de la competición. Ella se reía muerta de vergüenza e intentaba mostrarse enfadada pero no sabía, hay gente que no sabe.
3. Tocarse
- ¿Y tú? ¿Te masturbas?
Todas habían dicho que no, sólo una muy aniñada y muy graciosa había pensado un rato antes de contestar, se me ocurrió que tal vez no sabía el significado de la palabra, yo, por ejemplo, sólo hacía dos días que la conocía. El que lo preguntaba era posiblemente el más idiota de la clase, aunque tenía mucha competencia, hay que reconocerlo. Pensé por un momento en decir la verdad, sólo por ver qué pasaba, pero en realidad ya sabía lo que pasaría y contesté que no.
4. Besar
Todas se habían ido con algún chaval y me habían dejado sola en una discoteca en la que la música era horrible y los chicos pijos y aburridos. Pero al poco tiempo vino uno a preguntarme si quería rollo, no era para él, era para un amigo, un chavalillo vestido por su madre como todos, pero más triste y más pálido que los demás. Dije que vale, no recuerdo por qué. Me preguntó alguna cosa, me dijo su nombre, pero me deprimía fingir una conversación así que me lancé a besarle. No lo había hecho nunca, pero mis amigas hablaban mucho, así que conocía la teoría bastante bien, creo que no se dio cuenta de que era mi primer beso. La verdad es que me decepcionó bastante, pero aún así me pasé una hora y media con la lengua en su boca, mirando el reloj cada diez minutos, deseando que llegara la hora de irme.
Lo más excitante sucedió cuando pusieron por fin una canción que me gustaba, e instintivamente me puse a bailar sin dejar de besarle. Pero era la música lo que me ponía, no el chico.
5. Desnudarse
Al final se enteró prácticamente todo el instituto: Almudena se había afeitado las tetas. La leyenda popular que pululaba de clase en clase destacaba que cuando volvieron a crecerle los pelos que rodeaban sus pezones, estos eran tan fuertes que le atravesaban el sujetador y hasta la camisa. La historia era bastante inverosímil, pero la verdad es que recuerdo habérmela creído completamente durante mucho tiempo.
6. Desnudar
Le pedí que cerrara la puerta, llevábamos un rato en mi habitación besándonos y tocándonos desnudos. Supongo que todo era culpa de la improvisación, no éramos novios -de acuerdo a lo que nos decíamos a todas horas- por eso no cerrábamos las puertas ni terminábamos de hacer el amor.
El caso es que le dije que la cerrara, y tuvo que ir desnudo, completamente desnudo… magníficamente desnudo, a cerrar la puerta de mi habitación. No me hubiese importado que esa tarea le hubiese llevado media hora, no me hubiese importado nada que permaneciera allí, con sus piernas largas y delgadas, con sus caderas estrechas y las vértebras contables de su espalda, de pie, excitado, sin dejar de mirarme. Pero en cambio notó mi curiosidad y mi deseo y volvió corriendo a ocultarse entre las sábanas.
7. Hacer el amor.
Se puede decir que dio una fiesta con rueda de prensa incluida para contarnos al detalle su experiencia. En realidad nos la podríamos haber imaginado todas, pero ella necesitaba contarlo. Por supuesto se mostraba insultantemente feliz y orgullosa. Sin embargo dijo algo que nos dejó muy pensativas, si acaso algo preocupadas, fue esta acertada reflexión:
- El problema es que si lo has hecho una vez, ya vas a querer hacerlo siempre: no te bastarán besos, caricias, nada. Lo único que vas a querer hacer en cuanto un chico te toque va a ser tirártelo.
Antes de que empezase todo, ya tenía ganas de irme. Estuve dudando durante unos minutos si debía hacerlo o no. La reunión parecía que podía prolongarse durante horas y yo ya sentía que había cumplido de sobra. Pero entonces sacaron las cartas, empezaron a repartirlas, y aunque nadie insistió demasiado en que me quedara, aún no me sentía demasiado cómoda diciendo que me tenía que ir. Así que, después de una larga comida y su correspondiente sobremesa ocupé un pequeño hueco en el sofá de skay negro de mi tía para pasar la tarde jugando al tute con una docena de sexagenarios. Supongo que eso era mucho más de lo que mi madre esperaba de mí. Recuerdo que nada más sentarme lo pensé, e incluso imaginé a mi madre burlándose cuando le contara que me había quedado tanto tiempo; especialmente siendo como era la única sobrina que había asistido al cumpleaños. Entonces decidí que en cualquier caso sólo jugaría una partida. Pensaba decirlo en cuanto tuviera la oportunidad, en un momento de silencio, o cuando me tocara jugar a mí y todos pudieran oírme. Pero nada más repartir las cartas todo se oscureció de repente. Sólo eran las cinco de la tarde y sin embargo, parecían las nueve o las diez de la noche. Uno de los invitados se apresuró a abrir las cortinas que colgaban sobre el gran ventanal situado a nuestra derecha:
- Caray, venid a ver.
Se habían formado unas nubes negras y estrechas, apretadas unas contra otras como si hubieran sido creadas con una manga pastelera descomunal. Parecía la tormenta de un decorado excesivamente romántico en el que de repente aparecieron algunos elementos extraños:
_ Mirad, una cinta transportadora.
_ ¡Qué me dices!
_ Sí, venid, venid.
_ Fijaos, está subiendo hacia el cielo.
_ ¿Qué es eso que lleva encima?
_ Parece gente.
_ ¡Qué tontería, adónde irán?
_ No…, yo creo que son muñecos; no se mueven.
Durante al menos diez minutos, muñecos de todo tipo: peluches, maniquíes, mascotas de dibujos animados, todos con caras sonrientes, subían por la cinta transportadora para desaparecer entre nubes negrísimas.
Ángeles de plástico, rubios y con trompeta, que incluían en su interior una luz blanca intermitente, bajaban y subían muy despacio. Se oía un estruendo lejano, similar al de un motor, acompañado cada cierto tiempo de unos chasquidos eléctricos.
Poco tiempo después, las nubes se despejaron completamente y aparecieron los aviones. Uno de mis acompañantes los reconoció como aviones de guerra de hacía más de 60 años:
_ Esos los usaron en la guerra.
_ Pero ¿por qué vuelan tan bajo?
_ No son muy veloces, pero creo que estos vuelan especialmente despacio.
_ ¿Es normal que vuelen tan bajo?
_ Hummm, depende de la acrobacia que pretendan hacer.
_ Yo diría que estos quieren estrellarse…
Poco a poco los invitados de mi tía empezaron a cansarse de estar de pie y se fueron sentando de nuevo en las sillas que rodeaban la mesa de comedor desde donde siguieron los movimientos cada vez más extraños de los aviones. Yo, en cambio, me mantuve de pie, junto a la ventana, debatiéndome entre irme o quedarme, a la vez que observaba cómo por la calle la gente actuaba con inquietante normalidad. Es cierto que no había demasiado movimiento y que los coches circulaban más bien despacio, pero aún así, tenía la impresión de que nosotros éramos de los pocos que poníamos alguna atención en lo que sucedía. La mayoría de las personas miraban al cielo sólo unos instantes y luego continuaban su camino. Algunos se miraban al cruzarse, como queriendo encontrar en los demás alguna explicación, pero nadie parecía realmente alarmado.
Mi tía, sus familiares y amigos también se cansaron de mirar por la ventana y retomaron sus conversaciones sobre anécdotas del pasado que les divertían; los fumadores encendieron cigarrillos y pipas y se volvieron a repartir licores y cafés.
Mientras tanto, yo seguía pensando en si debía salir o no. De haber estado en mi casa habría buscado algún tipo de información en la tele o en internet, pero ellos no parecían muy impresionados por la situación y seguían conversando animadamente mientras aquellos extraños aviones amenazaban con estrellarse en todas partes.
_ ¿No te aburres, mi niña? – A veces mi tía finge tener algún tipo de complicidad conmigo – Ya sabes que puedes irte cuando quieras, ésta es una reunión de viejos, seguro que tienes cosas mucho mejores que hacer.
Sé que tendría que haber aprovechado esta ocasión para explicarle mis preocupaciones y pedirle que me dejara encender su radio o su televisor, pero no logré decir más que un débil: “No te preocupes, estoy bien aquí” que probablemente nadie oyó porque, a raíz del comentario de mi tía, había comenzado una discusión sobre a qué edad debía uno considerarse viejo y si realmente se lo pasaban mejor a los veinte que a los sesenta. De hecho, fue el momento más animado de la reunión; casi todos hablaban a la vez, intentando imponer sus voces sobre las otras, elevándolas. El alcohol que había consumido la mayoría tampoco ayudaba a crear un ambiente mucho más sereno. Así que mientras ellos se divertían bromeando y discutiendo, yo escuchaba lejanas explosiones, tal vez al otro lado de la ciudad, en donde mi casa se me antojaba un buen sitio para morir junto a mi novio, en mi cama, con buena música y una decoración acorde con mi forma de ser.
Sólo se callaron cuando una bomba, arrojada desde un avión viejo y lento, explotó en la casa de enfrente.
_ ¿Qué ha sido eso?
_ Creo que una bomba, sí, una bomba, parece que le ha dado a la casa de enfrente._ ¡Dios mío, nos hemos librado por los pelos!
_ ¡Pero si enfrente vive Mari Mar, pobrecilla, menudo boquete, le ha dado seguro, si estaba en casa le ha tenido que dar!
_ ¿Y todavía no se sabe qué está pasando?
_ Pon la radio a ver qué dicen.
_ En la radio tienen puesto un disco y la tele no emite nada, tal vez se haya estropeado la antena.
_ Y ahora ¿qué hacemos?
_ ¿Por qué no nos vamos al garaje?
_ ¿Al garaje? ¿por qué?
_ ¡Hombre, pues por las bombas! al fin y al cabo se trata de un sótano, podemos meternos allí en los coches y esperar a ver qué pasa.
La mayoría estuvimos de acuerdo, así que finalmente bajamos todos al garaje en donde encontramos alrededor de unos veinte vecinos que habían tenido la misma idea que nosotros. Entre ellos se encontraban varios niños de distintas edades y un bebé, que por supuesto lloraba. Enseguida se formaron grupos de discusión: el grupo de los invitados de mi tía, bastante despreocupado en su mayoría, sobre todo los hombres; mi tía y sus vecinas, que se contaban, mucho más alteradas, su experiencia del incidente hasta el momento, unos cuantos hombres y mujeres de entre treinta y cuarenta, que debatían algún tema político aparentando serenidad, aunque me pareció que sus sentidos estaban mucho más atentos de lo normal.
Yo, por mi parte, sólo quería irme, realmente ese era mi principal problema, no quería estar ahí, quería estar lejos, quería que fuese mañana, quería que fuese ayer. Olía a gasolina y me parecía que, teniendo en cuenta la circunstancia, todo el mundo actuaba de forma extraña, salvo, quizás, el bebé, que lloraba insistentemente, sin que la madre pusiese mucho de su parte para hacerlo callar, lo cual provocó la intromisión de algunas de los amigas de mi tía, que acabaron discutiendo con la madre sobre los estilos de educación antiguos y modernos. Pero la discusión no pudo durar más que unos minutos porque un estruendo, seguido del desprendimiento de una pequeña parte del techo y la aparición de una nube inmensa de polvo, nos calló a todos por un instante. Después, la mayoría estuvimos un buen rato gritando, especialmente los niños y sus padres que se buscaban de esta manera por todo el garaje, ahora sin luz.
Afortunadamente, nadie parecía herido. Sin embargo, enseguida comprendí que probablemente nunca saldríamos de allí, así que para no seguir pensando en lo que no podía cambiar, decidí interesarme por el estado de mi tía. La busqué en la oscuridad, esquivando los coches, los grupos de gente y todas esas puñeteras columnas que hay en los garajes. Finalmente la encontré sentada en el suelo tras un coche, se sentía bien, me dijo, aunque estaba cubierta de polvo y eso la hacía toser. Sin embargo, yo no oí que tosiera. Luego, en un tono extrañamente animado me soltó:
- Pero bueno, no hay por qué alarmarse, al fin y al cabo, todos sabíamos que esto acabaría sucediendo en un momento u otro ¿o no?
Cuando te miro directamente a los ojos sé que cometo un error que va más allá de no saber qué estoy haciendo.
Pero, ¿sabes?, todos los días subo estas escaleras que conducen a mi despacho y cuando abro la puerta siempre encuentro el perchero en el suelo.
Cada vez que intento hablar contigo no lo hago porque haya olvidado que no tengo nada que decirte, es que no puedo evitar querer hacerlo.
Antes de empezar el trabajo, siempre dedico unos minutos a colocar de nuevo el perchero. He llegado a llevarme la Black and Decker de casa y yo misma he hecho otros agujeros y les he puesto unos tacos nuevos.
Si alguna vez hubieses mostrado un verdadero desinterés por mí, tal vez habría parado, pero ¿por qué me sigues correspondiendo? ¿Por qué?
Como habrás imaginado, el perchero se sigue cayendo, el conserje no quiere saber nada de poner otro y mis compañeros opinan que debería comprar uno de pie. A mí, si te digo la verdad, me da igual colgar la ropa ahí o en una silla. Pero no puedes pedirme que me olvide de ti, si sigues llamando mi atención de esa manera, si sigues haciendo que me sienta así, si sigues haciéndome pensar que jamás a nadie en la Tierra le importaré como te importo a ti.
Es una cuestión de aceptación de la realidad, no hay ninguna ley física que apoye el hecho de que el perchero se caiga siempre, lo cuelgue como lo cuelgue, de una pared que es capaz de soportar el peso de estanterías colgantes en las que descansan todos los Boletines Oficiales del Estado desde el año 99 hasta la actualidad.
Sé que es una crueldad, sé que tienes razón, sé que no deberías estar perdiendo el tiempo así conmigo. Pero da igual todo lo que haga, da igual todo el trabajo que resuelva y todo lo que haya alcanzado en mi vida personal y laboral. Cuando llego a casa, cada noche, cuando ya he acostado a los niños, cuando ya me he quitado el maquillaje, cuando estoy echada en el sofá recordando que la tele no me interesa, cuando por fin el día se acaba y todo se detiene, sólo hay dos cosas en las que pueda pensar: tú y el condenado perchero.
Extendimos una alfombra sobre uno de los hoyos del descampado y encajamos en él las mesas de instituto robadas, dejando un hueco para entrar. Después cubrimos las mesas con un plástico y tapamos el plástico con la tierra de alrededor. Si no sabías que ahí había una cueva artificial era imposible encontrarla. Dentro sólo podíamos estar agachados o tumbados, pero pasamos allí horas y horas. Llevamos una linterna, decoramos las paredes con fotografías, colgamos un radiocassette a pilas. Hablábamos mucho y fumábamos, a veces también bebíamos y, por alguna extraña razón, ignorábamos que en el futuro no tendríamos nada en común, ni siquiera el pasado.
Es enorme, no sé cuántos metros cuadrados puede ocupar, imagínate tres o cuatro piscinas olímpicas juntas… no, mejor pon seis. Y todo diáfano, con alguna columna, por supuesto, pero la cosa es que desde una punta de la oficina ves la otra. A un lado están los despachos y al otro una cocina con un par de microondas, la cafetera, una nevera enorme con cientos de Coca-colas de todo tipo y un par de mesas grandes como para quince personas. No podemos comer todos a la vez, claro, así que hacemos turnos a la hora de la comida o nos vamos a otras plantas. Aunque casi nadie quiere ir a otra porque nuestro comedor es el mejor de toda la empresa y ninguno tiene ganas de ver cómo en las otras plantas la gente nos reprocha con la mirada, y a veces con palabras, que tengamos mesas más grandes, Coca-cola gratis y encima vayamos allí a quitarles su sitio.
Pero volviendo a lo de dentro, además de la cocina y los despachos, en el centro, ocupando la mayor parte de la planta, están los cubículos. No son cubículos de los cerrados por tres lados, sino sólo por dos, y cada pared se cruza con otra formando equis que tienen una mesa en cada hueco, cuatro en total y cada equis es un equipo, con un jefe y tres ayudantes. En nuestro equipo somos cuatro mujeres, la jefa tiene unos cuarenta y cinco años y lleva desde los diecinueve dentro de la empresa, es increíble todo lo que sabe y lo bien que lleva la responsabilidad que tiene. De las cuatro yo soy la que menos me juego en las operaciones habituales, pero a veces mis clientes quieren mover cantidades de dinero realmente importantes y si lo pensara, si pensara realmente todo el dinero que controlo y todo lo que puede pasar si me equivoco en un cero, en un dato, en una coma, no podría hacer este trabajo sin enfermar de los nervios.
En cuanto a las paredes, toda la planta está cerrada por ventanales enormes de cristal oscuro, por lo que es muy difícil saber en qué momento del día se está o qué clima hace realmente, ya que, con el aire acondicionado y la calefacción, nos mantenemos todo el año a unos veinte grados. Por eso, y porque realmente estamos todo el día en la oficina, el cambio de una estación a otra es apenas perceptible, la única época que se nota un poco es el verano, porque cuando salimos suele ser de día; y la Navidad, porque nos dan la cesta, que no sé por qué se llama cesta, ya que en realidad es una caja, así que supongo que solo es una forma de hablar. Pero definitivamente, lo que más me gusta son los servicios y es que, aunque son públicos, no son servicios en los que me encuentre incómoda o pueda preocuparme excesivamente el contagio por falta de higiene. De hecho, nunca faltan esos papeles satinados y finos, pero impermeables, que se ponen sobre la taza del váter para poder sentarse tranquilamente. Alguna vez he tenido que encerrarme en alguno de los reservados para llorar por algún disgusto con mi jefa, por haberme equivocado en algo grave, para liberar alguna tensión… Pero sé que no soy la única que lo ha hecho, y saberlo me hace sentir menos incómoda.
La verdad es que es una especie de país en pequeñito, con su clima, sus regiones diferentes, su propio lenguaje, sus costumbres, porque no he dicho lo mejor: ¡Todos los jueves nos dan churros gratis! No sé por qué es el jueves, la verdad, supongo que será por alguna oferta, pero todos estamos muy contentos con que ese día, que está ahí, en medio, y parece más largo, se convierta en un día especial. Incluso para mí, que no me gustan especialmente los churros y que fuera de la oficina nunca los comería, es todo un detalle. De hecho, a veces, he llegado a pelearme por conseguir una ración doble y la semana se me hace más triste si por algún motivo un jueves no nos los reparten.
Así que sin duda, lo peor, lo que de algún modo puede deprimirme si lo pienso, es salir del trabajo. Fuera, las posibilidades son infinitas y es imposible vivirlas todas, el clima es absolutamente incierto y sólo unas pocas veces adecuado, y además, el espacio tampoco puede recorrerse o alcanzarse con la vista. Supongo que por eso, durante los fines de semana y las vacaciones, tengo esa extraña sensación de vértigo: el tiempo pasa y no importa todo lo que se haya hecho, siempre podría haberse hecho otra cosa. Es imposible agotar todas las opciones antes de que el tiempo se acabe. El tiempo siempre se acaba antes. Es muy frustrante.
Por supuesto, también puedo leer la mente de mi mujer. Por ejemplo, cuando escucha está canción imagina que tiene 13 años y baja corriendo un camino en cuesta que la lleva hasta el río en el que aprendió a nadar.
Hoy la ha escuchado cuatro veces, con escasas variaciones en lo que imaginaba. Sólo la última vez me ha incluido a mí en sus ensoñaciones: hacia el final de la carrera miraba hacia arriba, y en lo alto del camino estaba yo, con mi aspecto actual, mirándola con expresión seria y preocupada, pero ella seguía bajando, cada vez más rápido.
1- La comunicación es un comportamiento voluntario inducido por un objetivo concreto: originar un determinado conjunto de representaciones en la mente del destinatario, a partir de las cuales se intenta producir cambios en el entorno.
El sueño era más o menos este:
Viajábamos en su coche, íbamos bordeando la costa y todo estaba en blanco y negro: la arena, el mar, nuestras caras, el coche… todo era gris claro o gris oscuro. En el sueño no había sonido, se veía que hablábamos porque movíamos los labios y parecía que manteníamos una conversación, pero no se oía nada. Entonces yo decía algo, tranquila, sin darle importancia, e inmediatamente él detenía el coche y sin dar ninguna explicación, me obligaba a bajar. Después arrancaba y se iba sin dejarme decir nada.
En la segunda parte del sueño yo estaba sola en una esas playas grises, preguntándome qué había pasado. También sabía que no le volvería a ver.
2- Podemos clasificar las acciones comunicativas en cuatro categorías según el grado de beneficio o distanciamiento que producen en las relaciones sociales: las que apoyan o mejoran las relaciones sociales (agradecer, felicitar, saludar, ofrecer…), las indiferentes (afirmar, informar, anunciar…), las que entran en conflicto con la relación social (pedir, ordenar, advertir, regañar…) y las dirigidas frontalmente contra la relación entre los interlocutores (amenazar, acusar, maldecir…).
Por aquella época ya sólo quedábamos para follar. A veces íbamos al cine o a bares, pero terminábamos haciéndolo en cualquier sitio, sin ninguna pasión o sentimiento, salvo, de vez en cuando, la mala leche. El sexo terminó siendo una actividad aburrida y repetitiva, semejante a una coreografía de baile, hasta que un día dejamos de hacerlo y sin dar ninguna otra explicación, dejamos de quedar.
3- Cada individuo posee una imagen pública, es decir, una visión de sí mismo que quiere proyectar a los demás y que se configura teniendo en cuenta sus rasgos individuales y su posición en la sociedad. A través de la comunicación y la vida social en general, el individuo intenta mantener los dos rasgos esenciales de su imagen pública: la independencia (no estar supeditado a otros) y la afiliación (formar parte de un grupo, ser aceptado).
Me gusta la parte de reconstrucción que hay tras cada ruptura, primero se empiezan a rellenar los huecos libres de los horarios con cosas que hace tiempo que ya no se hacían. También se recuperan relaciones y se crean otras. Así que poco tiempo después no sabes ni explicarte a ti mismo cómo hasta hace bien poco podías haber mantenido una relación tan insoportable.
Muchas veces, después de semejante reconstrucción personal, te conviertes en un ser mucho más brillante y atractivo y terminas empezando una nueva relación, tal vez sólo unos meses después.
4- Las representaciones internas (idea que cada individuo se ha formado con respecto al entorno, físico o social, y el conocimiento del mundo que es capaz de manejar) son personales y privadas y varían constantemente. Sin embargo, las expresiones lingüísticas son externas, fijas y generales, por eso, el paso de unas a otras supone siempre un trabajo de selección y adaptación.
Todo el mundo habla de la soledad como de algo problemático, pero el caso es que estamos solos para todo, hay que asumirlo, no importa todo el amor que se reciba, todo lo que de verdad es importante nos sucede a nosotros solos y no nos puede acompañar nadie: el dolor, la muerte, el trabajo, el aburrimiento, la enfermedad… Todo esto es un poco mejor en compañía, claro, pero nadie pasa nada realmente contigo, las cosas te duelen sólo a ti, únicamente tú desapareces cuando mueres y nadie está siempre donde tú estás, ni siquiera tu madre cuando eres un bebé.Por eso no entiendo lo que muchos buscan en el amor, el amor no elimina la soledad; proporciona compañía, sexo, cariño, conversación. El amor es algo increíble, es un sentimiento fantástico, superior, equiparable al arte, a la amistad o al pensamiento, pero no tiene nada que ver con la soledad. La soledad es otra cosa. No sé por qué todo el mundo lo confunde, quizás sólo los que la perdimos y la recuperamos de forma brusca y consciente sabemos reconocerla.
5- Señal: modificación perceptible del entorno producida para comunicar. Podemos utilizar como señal cualquier tipo de estímulos externos: expresiones orales o escritas, gestos, dibujos, chasquidos… En ocasiones existe una asociación convencional preestablecida entre la señal y su contenido, cuando esto no existe, el interlocutor debe echar mano, únicamente, de sus conocimientos extralingüísticos para interpretarla.
Mucho tiempo después vuelvo a tener el mismo sueño:
De nuevo, la playa gris, el mar gris oscuro, pero ahora estoy hablando con un hombre. Esta vez sí se puede oír lo que decimos. Me pregunta qué hago allí y yo le miento para resultar interesante. Es un hombre mayor, no es nada atractivo, pero yo coqueteo con él, exageradamente. Entonces aparece mi amigo, el que me había abandonado en la playa:
- Y todavía me preguntas por qué me he enfadado.
- No tienes derecho a estar celoso, eres tú el que me ha dejado aquí sola sin ninguna explicación
- No entiendes nada, nunca entenderás nada.
6- No es la situación tal y como es lo que determina nuestra actividad comunicativa, sino la situación tal y como la percibimos. Un error en la conceptualización de uno de sus elementos puede desencadenar la incomprensión total de la señal.
Es fácil acostumbrarse a la soledad, porque el ser humano puede acostumbrarse casi a cualquier cosa: a vivir en guerra, a perder alguno de sus sentidos, o de sus miembros, a ser torturado o a estar privado de libertad. Y lo increíble, es que en alguno de esos casos, a pesar de todo, se puede llegar a reconocer feliz.
Nota: Los textos numerados son fragmentos -copiados literalmente o ligeramente modificados- del libro de María Victoria Escandel Vidal La comunicación (Gredos, 2005)
Nunca he envidiado la juventud, he envidiado la posición de los que empiezan.
De niño odiaba terminar los postres antes que mi hermana, si ella todavía iba por la mitad cuando yo ya había terminado, verla disfrutar de lo que yo ya no poseía me hacía sufrir de tal manera que cualquier cantidad de dulce me parecía insuficiente. No importaba que no fuese mi favorito, siempre creía no haberlo disfrutado convenientemente.
En el parque de atracciones, y especialmente en la montaña rusa, sentía un desprecio irracional por cualquiera a quien viera subirse al aparato cuando yo me bajaba. Esta sensación se extendió en mi vida adulta hacia todos los que entraban en el cine cuando yo salía, los que ocupaban las mesas de bares y restaurantes cuando yo me iba, los que comenzaban sus vacaciones cuando yo regresaba.
De manera que ahora puedo decir que, en este sentido, lo único que he deseado ha sido desarrollar la capacidad de comenzar las cosas desde la perspectiva del que las termina. No me gustan los principiantes. No me interesa volver al comienzo de mi vida, ese periodo de miseria emocional e indolencia juvenil. Al fin y al cabo, sólo le aventaja una prórroga apenas extendida del vértigo que supone conocer que todo se acaba, ¿qué más da saber que sólo quedan 80 años de vida ó 10 , 200 vueltas en bicicleta ó 3, 400 chicles ó 50?
Yo ya sólo quiero una cosa, sentirme tan satisfecho, que pueda dejar las cosas a medias.
No es mi primera novia, pero creo que nadie me había gustado así antes. Sobre todo por lo mucho que me cuesta no tocarla. Me atrae cada parte de su cuerpo, puedo fijarme durante minutos sólo en la comisura de sus labios, me gusta acariciarle la mejilla un buen rato, como si fuese algún ser suave e independiente que pudiera llevar escondido en la palma de mi mano. Debe de ser porque ella es lo más puro que he encontrado nunca. Se ríe e imagino que es imposible que algo sórdido sobreviva en su interior.
No obstante, hoy ha venido a mi casa, hemos estado en la cama durante tres o cuatro horas, hablamos poco y cuando lo hacemos prácticamente sólo nos repetimos algunas ternuras. No creo que sean las palabras las que mejor expresen lo que siento por ella; pero está bien oírse las voces un poco, así que le expliqué que me gustaría llevarla siempre dentro de mí y que para eso tendría que comérmela. Le mordisqueaba un hombro y le lamía el cuello, haciéndole cosquillas mientras me inventaba recetas que combinasen bien con su sabor: bechamel no, vinagreta, tampoco, mejor algo dulce… almíbar. Ella se reía e intentaba separarse de mí para dejar de sentir las cosquillas, protestaba y decía que no le gustaba el azúcar.
-Además- dijo, haciendo falsos pucheros- eso se lo dirás a todas.
Le seguí la corriente y le dije que sí, que ya me había comido a unas cuantas y que guardaba los huesecitos relamidos en un cajón de mi escritorio.
Ella puso una mueca de asco y comentó, inteligentemente, que en los cajones de mi escritorio no cabían ni los huesos de media chica.
-Eso es – le expliqué- porque en los cajones sólo guardo los huesos pequeños, con los grandes hago caldos riquísimos.
Y me eché a reír, pero ella me miraba algo asustada con la sonrisa a punto de convertirse en otra cosa.
Más tarde, cuando yo estaba en el servicio, me pareció oír el ruido hueco y pesado que hacen siempre los cajones de mi escritorio, aunque se tire de ellos con mucho cuidado.
Aunque haya sobrado un poco, creo que les ha gustado la comida; no estoy acostumbrada a cocinar para seis personas así que es posible que me haya excedido, especialmente con los entrantes. La verdad es que no disfruto demasiado siendo la anfitriona, sobre todo cuando hay alguien a quién no conozco. Intento no ser consciente de que esa nueva persona está extrayendo de mí el 80% de las conclusiones con las que me juzgará en todos nuestros próximos encuentros, pero no puedo evitar saberlo. Lo único que me consuela es pensar que posiblemente él tema más mis juicios de lo que yo pueda temer los suyos. Afortunadamente para él, a mí me ha parecido un joven muy atractivo y muy atento con mi hija. Me ha gustado mucho como se ha dirigido a ella durante toda la comida, con un cariño muy natural y sobre todo nada posesivo.
Supongo, pues, que ahora que sólo tengo que sentarme en este rincón del sofá y terminar mi café descafeinado mientras los chicos hablan y nos ponen al día de cómo les va todo, puedo empezar a relajarme y a disfrutar de su visita.
Soy bastante buena para controlar mi estado de ánimo y desprenderme de situaciones como las de ahora, en las que mi marido, como siempre, enciende la tele aunque tengamos visita, lo cual considero una muestra de desconsideración hacia los invitados y sobre todo un gesto de incultura y vulgaridad. Consigo no enfadarme pensando que, a lo mejor, cualquiera de los otros lo agradece o ni siquiera se fija en ello, al fin y al cabo ¿qué podemos saber realmente de lo que pasa por la mente de otras personas?
Indudablemente, este dominio de los sentimientos más negativos es algo que sólo se consigue con la edad, aunque me temo que no sólo se logra con el paso del tiempo.
A veces, eso sí, me cuesta concentrarme en lo que dicen los demás, cuando era joven recuerdo que no me pasaba tanto.
- … eran dos chicos de Milán, muy simpáticos, hicieron con nosotros el viaje desde Florencia a Roma y hablamos de política, de fútbol y de literatura…sólo por gestos y con cuatro palabras…
- Es cierto, en realidad, para moverte por otro país tampoco es necesario saber el idioma, la mayor parte de las veces que intentas hablarlo no te entienden y lo peor, haces el ridículo.
Noto una presión en el pecho, me pasa con frecuencia y normalmente creo que me voy a morir. Sé que puede ser cualquier otra cosa, normalmente son gases, se acumulan en el pecho, especialmente después de comidas copiosas y me hacen sentir una presión como la de ahora, una presión que me hace pensar que el corazón se ha parado. Lo natural en mí es tomarme el pulso, lo hago instantáneamente si sé que nadie me está mirando; normalmente durante unos segundos no noto nada, pero al rato ya lo oigo y pienso: “claro, no pasa nada, todavía estoy bien, respiro y pienso y me tengo en pie.”. Pero no puedo tomarme el pulso con el novio de mi hija en frente de mí, seguramente tendría que dar muchas explicaciones si realmente no me pasara nada y jamás olvidaría mi ridícula e hipocondríaca actitud. Aunque por otro lado, si me estuviera muriendo, sería igualmente muy violento para el novio de mi hija y probablemente tendría que contarlo durante toda su vida: mi suegra murió el día que la conocí, delante de nosotros, después de la comida, le dio un infarto sentada en el sofá, mientras tomábamos el café.
La verdad es que este dolor es bastante más punzante que el de otras ocasiones y me encuentro algo mareada, me encantaría irme a mi cuarto, me gustaría estar allí sola y tomarme el pulso tranquilamente, pero me da miedo desplomarme por el camino. Sé que sudo y que mi futuro yerno está empezando a preocuparse, he de preparar la respuesta para cuando me pregunte: “¿se encuentra bien?” En realidad prefiero evitar esa pregunta, he de hacer un esfuerzo, he de pensar que no pasa nada, debo relajarme y respirar, no dejar de respirar..
Por la tele veo al actor ese que me gusta tanto y le pregunto por enésima vez a mi hija menor con un tono tan natural y pausado que casi me parece el de otra persona:
- ¿Cómo dices que se llama el chico este?
- ¿Ese? ese es Ethan Hawke, ¿no?
Bien pensado es terriblemente injusto que sea tan joven y tan guapo, incluso aunque no me esté muriendo. Bebo lo que me queda de café descafeinado y odio por unos segundos a la persona en la que me he convertido, sobre todo porque ya no les escucho, luego me doy cuenta de que ya no queda azúcar.